La crisis, civilizatoria en palabras de Ramón Fernández Durán, permite crear un escenario de miedo multicolor. No es un pánico gris pues presenta texturas locales, matices según los sectores involucrados, y sobre todo, proclamas de que la luz volverá a reinar. En estos escenarios entra de lleno la producción tecnocrática de la democracia autoritaria con objeto de fabricar aparentes consensos sociales.
La democracia tecnocrática y autoritaria consiste y se fundamenta en una producción constante de (auto)legitimación social a través de aclamaciones socio-emocionales y la acumulación de formas (nuevas y precedentes) de cooperación social mediante una aplicación intensiva de tecnologías comunicativas y económicas.
La continuidad de políticas sociales y económicas que exigen “más globalización” no tiene su asiento en una legitimidad informada y razonada desde buena parte de las personas que aclaman o consienten estas políticas. Encuestas orientadas según intenciones de un grupo de presión política, agendas mediáticas y una gran industria cultural y de ocio cimientan una adhesión emocional antes que una comprensión y una intervención sobre problemas globales y precariedades vitales. En última instancia, la extrema derecha entra a erigirse como referencia de la agenda política: bien entra en los parlamentos de los países de la UE, bien arrastra a los partidos de centroderecha a sus planteamientos tribales sobre inmigración, familia y roles conservadores de género, choque de civilizaciones, necesidad de sociedades verticales y de castigo, proteccionismo nacionalista, etc.
(Del capítulo «Aproximaciones a la democracia radical», libro Democracia Radical, Icaria, 2011)